Capitulo I: De reuniones, libros y encuentros
El profesor Albús Dumbledore, director del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, se enorgullecía de ser una persona racional, seguidora de las leyes más elementales de la magia,cuya infracción podía derivar en la destrucción del mundo mágico y muggle por igual. Se consideraba un fiel creyente de la inventiva y valentía de sus alumnos, que no temían romper las reglas para conseguir sus propósitos, siempre y cuando esto no significara la incursión en las artes oscuras, y los alentaba a no ponerse limites a la hora de usar la magia. Pero lo que estaba pensando hacer podía tener graves repercusiones en el futuro. En el mejor de los casos, el futuro podría no cambiar. En el peor... no quería siquiera pensar en esa opción.
Como un tic nervioso, volvió a consultar la hora con su reloj de bolsillo. Todavía quedaban cinco minutos para que fuera la hora pactada en la que había citado a todos los interesados en aquella parte del colegio. Cinco minutos en los que podía reconsiderar su plan, cancelar la cita y guardar los libros bajo llave, para evitar que el futuro (el buen futuro que el joven Lupin le había relatado), fuera cambiado. Negando con la cabeza, volvió a guardar el reloj en uno de los múltiples pliegues de su túnica y se concentró en las escaleras que llevaban directo hasta aquel recóndito lugar del colegio.
La Sala de los Menesteres era el lugar indicado, según el anciano profesor, para poder leer aquellos libros en total calma.
— ¡Hey! ¡El viejo Dumby en persona nos ha venido a recibir! — el profesor sonrió ante tal entusiasmo. El joven Sirius Black reía sonoramente, mientras que a su lado, un pálido Remus Lupin negaba con la cabeza por la actitud de su amigo.
— Buenas noches, señor Black, señor Lupin.
— Buenas noches, profesor Dumbledore.
— Mira Lunático, cuatro años desde que salimos de Hogwarts, y el viejo Dumby sigue con las mismas arrugas que entonces. Me gustaría saber que hechizo usa, se ve realmente genial.
— ¡Sirius!
El grito, que sobresalto al hombre, hizo que los tres se fijaran en los recién llegados. Lily y James Potter, con un pequeño Harry de casi un año de edad, aparecían en aquellos momentos, doblando la esquina, seguidos muy de cerca de Molly y Arthur Weasley, con la profesora McGonagall cerrando la comitiva.
El profesor Dumbledore los saludo a todos con una amable sonrisa y abrió las grandes puertas de roble, empotradas en la pared, que hasta aquellos momentos se habían encontrado cerradas.
— Será aquí en donde tendremos nuestras reunión, aunque...— sus ojos azules se fijaron en las desiertas escaleras—, me parece que aun falta alguien, ¿no es así, profesora McGonagall?
La aludida asintió, dando un paso al frente.
— Me temo, Albus, que la señorita Jackson no podrá unirse a nosotros...—miró de reojo a Sirius, que se había girado hacia ella y la interrogaba con la mirada—, por el momento.
Lily se acerco a la profesora, curiosa.
— ¿Evangeline también esta invitada?
— La señorita Jackson, al igual que ustedes ocho, fue convocada aquí por la persona que contacto conmigo, señora Potter. Ahora, si son tan amable de seguirme...
Y el profesor se adentró en la sala. Esta, había adquirido una apariencia cómoda y agradable,con grandes sofás de color rojo y aspecto mullido. Una chimenea de gran tamaño, con un acogedor fuego y varios cojines colocados frente a el de forma estratégica. Una alargada mesa de comedor con varias sillas colocadas a su alrededor, se encontraba a un lado, junto a una pared llena de puertas cerradas.
La profesora McGonagall fue la última en entrar, y en cuanto se encontró dentro de la estancia, las puertas se cerraron con un fuerte ¡POOOM! antes de desaparecer.
— Será mejor que nos acomodemos.
Lily y James, con el pequeño Harry en los brazos de su padre, se sentaron en el sofá más cercano al fuego, acompañados de Remus y Sirius. El matrimonio Weasley se acomodó en el segundo sofá, mientras que la profesora McGonagall ocupaba uno de los sillones individuales.
—Y... ¿por que nos citó aquí, profesor? — pregunto finalmente James, que acomodaba a un curioso Harry sobre sus rodillas.
El profesor Dumbledore se detuvo junto a la chimenea, pensando en como abordar el tema. El mismo admitía que la historia de alguien llegando del futuro, con la misión de cambiar el mismo, parecía absurda, y que lo más seguro fuera que lo tacharan de loco, pero no le quedaba más opción. Si quería salvar las vidas de los inocentes que habían muerto por luchar contra Voldemort (tal y como le había dicho el joven Lupin), debía hacerlo, incluso si eso significaba ser considerado un demente.
— Bueno, señor Potter,la razón es...
¡PAF!
Las puertas se abrieron de golpe y todos se quedaron de piedra al ver lo que sucedía. A través de la puerta abierta podían ver escombros, armaduras despedazadas, pupitres cabalgando como si fueran caballos y haces de luz surcar el lugar por todas partes. Un rayo de color rojizo se colo dentro de la sala y choco contra una de las sillas, haciéndola explotar
— James, ¿que...?
— No lo sé, Lily, pero por si acaso, toma a Harry y no te separes de él.
— Arthur...
— Tranquila Molly.
— Lunático, ¿eso de ahi fuera es Hogwarts?
— No lo sé, Sirius, creo que sí pero...
— Albús, ¿que significa...?
El profesor Dumbledore hizo una seña a la profesora y, varita en mano, se acerco a las puertas abiertas. Otro rayo rojizo, paso rozando su túnica, antes de chocar con la pared y quemarla. Levantó la varita, mientras tomaba una de las puertas para cerrarla, cuando choco contra él.
Una joven, de enredado cabello negro, estropeada y quemada túnica de Ravenclaw y una sangrante herida en la cara, lo miraba sorprendida. A su lado, y cargando todo su peso en la joven, había otro adolescente, casi inconsciente. Su cabeza se movía de una lado a otro, cuando la joven se movía.
— ¿Profesor Dumble...?
¡BOOM!
Las paredes temblaron, el suelo se agrieto y del techo cayeron más escombros, del tamaño de mesas. Uno de ellos destrozo uno de los pupitres y otro, cayó alarmante mente cerca de la puerta.
La joven se agarró a la túnica del profesor, con expresión desesperada.
— ¡Ayúdenos!
Albús Dumbledore miro a la joven directamente a los ojos. Unos ojos grandes, azules, y cubiertos por la madurez de alguien que ha visto a la muerte a la cara. Una serie de imágenes violentas, sangrientas y dolorosas, pasaron por su mente, y supo que los pensamientos de aquella joven, que tanta calma aparentaba, eran demasiado dolorosos incluso para el.
Con un intento de sonrisa, tomo al desmayado chico entre sus brazos y se encamino hasta la chimenea.
— Señores Weasley...
Ambos aludidos se movieron rápidamente, dejando libre el sofá para que pudiera descansar allí el joven.
Sarah sonrió con alivio al ver que Harry se encontraba al fin a salvo. Podía sentir como el cansancio, que hasta aquellos momentos había mantenido a raya por medio de su tozudez habitual, hacia mella en ella. Se tambaleo, sin fuerzas para mantenerse en pie y cayo contra algo cálido, que había impedido que cayera de bruces contra el suelo.
Levanto un poco la cabeza, y se fijo en quien la sujetaba. Parecía un adonis, un dios griego que incitaba al pecado, muy diferente a quien seria años en el futuro, pero Sarah lo reconoció.
Siempre reconocería a quien, una vez, había sido su padre.
— Sirius...
Y entonces, se desmayo.
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